miércoles, 13 de marzo de 2013

Una razón para ayunar y otra para morir


Todo engorda y te convierte en un adicto, provoca cagalera, borra tus recuerdos y luego te mata, dejando un cadáver lleno de pústulas y tumores.

Los donuts contienen aceites hidrogenados, harina blanca, azúcar y, el colmo de los horrores, acrilamida, compuesto orgánico potencialmente cancerígeno; tal cúmulo de sustancias nefandas hacen del que creíamos benigno rosco un agente tóxico susceptible de provocarte un desbarajuste celular que de esa no sales. ¡Tira ese donut! Y aprovecha para leer los libros de Mark Bittman, un especialista en nutrición que apunta que la leche no aporta calcio a los huesos y que lo mejor para retrasar la osteoporosis es tomar el sol; sin llegar, digo yo, a los extremos de Hira Ratan Manek, el curro jiménez de la alimentación lorenzana.

Si les va la marcha y necesitan fustigarse la conciencia con opiniones más severas, recurran entonces al doctor Neal Barnard, nutricionista y escritor de similar palo muy dado a acojonar al personal aseverando que la leche no es que no aporte calcio, es que contiene pequeñas dosis de morfina cuya finalidad es tranquilizar al lactante; la naturaleza es sabia. Y no acaba ahí el buen doctor Benway... digo, Barnard, al que no le tiembla el pulso emprendiéndola con el queso: el muy truhán contiene caseína, un grupo de proteínas de la leche que, al digerirse, liberan casomorfina, péptidos que producen efectos similares al de los opioides. Además de péptidos, pérfidos. ¡Tira ese queso! ¡Rápido, tíralo!

Desde hace años venimos padeciendo que por todos lados nos den la matraca con la suma maldad del consumo de carne, ya porque no es ético sacrificar animales para su consumo, ya porque contienen hipoxantina y te puedes convertir en hipopótamo con brillantina. Además, las personas que comen carne “engañan fácilmente, olvidan sus promesas, son más deshonestas, dicen tacos, roban, recurren a la violencia y cometen crímenes sexuales”. No me lo invento. Esto lo han dicho en la India. Los vegetarianos, por el contrario, son seres virtuosos con línea directa de comunicación con la naturaleza y el universo, y follan con el vigor de un caballo percherón. Sus erecciones de piedra duran horas, y arrojan al eyacular mares de esperma que ni el mismísimo Moisés con la ayuda divina podría separar. ¡Rápido! ¡Arroja bien lejos ese fuet!

Una dealer suministrando a un adicto.

Bueno. Todo esto viene a cuento de que biomedcentral.com, una web especializada en informar de las llagas, pústulas y tumores que nos van a salir si no obedecemos unas sencillas pero estrictas normas alimentarias, ha hecho público que, conforme a los resultados de un “macroestudio observacional” (¡toma ya término gilipollas!), la ingesta diaria de 20 gramos de embutido aumenta el riesgo de mortalidad un 3’3 por ciento. Si un servidor ha de guiarse por ese estudio, debo llevar al menos quince años muerto. ¡Ya podría alguien haberme avisado!

El macroestudio debe su prefijo a que se realizó poniéndose “observacionales” perdidos con 448.568 personas, nada menos; todas ellas hombres y mujeres sin antecedentes de infarto, cáncer o ictus. En ningún momento se dice cuántos cobayas humanos fallecieron (o dijeron tacos, robaron y olvidaron sus promesas) por ingestión de jalufo durante el transcurso de este crucial experimento que deja el de Tuskegee a la altura del parchís. Lo que sí dice es que “la carne es una importante fuente de nutrientes, con proteínas, hierro, cinc, vitamina B, vitamina A y ácidos grasos esenciales”. ¿Contradicción? No. El secreto, digo yo, es ingerir 19 gramos al día, lo que equivale a una o dos lonchitas de chorizo. ¿Qué tal por las mañanas, sustituyendo al demoníaco donut?

 La droga más peligrosa del mundo.

A estas alturas del sermón, uno ya debería poder diferenciar entre un nitrito y un nitrato, y también saber que necesito más potasio y menos sodio; ¡adiós a lamer las bombillas de las farolas de la calle! También debería tener claro –porque lo ha dicho Roland Griffiths, doctor de la Escuela de Medicina de la Universidad Johns Hopkins– que si me siento mal cuando no bebo café es porque soy un adicto a la cafeína, y que si padezco migrañas cuando sí lo bebo es por lo mismo. Por su parte, la profesora Dana Small, de la Escuela de Medicina de la Universidad de Northwestern, ha expuesto que los chocolates activan zonas del cerebro relacionadas con el consumo de drogas; extraigo de esto que nada hay más adictivo y a la larga perjudicial que una taza de chocolate con leche, pues lo primero te pone la dopamina a cien y la segunda contiene morfina. ¿Y el azúcar? ¡Aaah! ¡El azúcar! Ese desalmado libera endorfinas, cuyos efectos opiáceos te mandan derechito a Proyecto Hombre.

No te creas que vas a irte de rositas sustituyendo azúcar por sacarina, pues su componente principal es el aspartamo E-951, un edulcorante descubierto en 1965 por la multinacional farmacéutica G.D. Searl and Company al que sesudos estudios de peña de la misma cuerda que Barnard, Bittman, Griffiths y Small acusan de acelerar, e incluso provocar, la aparición del alzheimer. Aunque lo mismo nos va a dar, ya que el aspartamo está presente por defecto en refrescos light, golosinas, chicles, yogures bio y hasta medicamentos del orden de los antigripales y anticongestivos.

Para colmo de males, saltaban recientemente datos hechos públicos por la Fundación Española del Aparato Digestivo (FEAD), según los cuales España es el país donde se producen más intoxicaciones por anisakis después de Japón. El anisakis, un parásito que provoca trastornos alérgicos y gastrointestinales (esto es: te cuesta respirar y te cagas vivo), se transmite al ser humano a través del consumo de pescado crudo o semicrudo y crustáceos (langosta, gamba y cangrejo) o cefalópodos (pulpo, sepia o calamar). Si eres aprensivo, ya puedes decirle adiós a las tapitas frente al bar del puerto, colega.

Así todo, solo cabe dar por bueno aquel famoso dicho de que “lo que no mata, engorda”, y extenderlo a “lo que no engorda, mata” hasta llegar finalmente a su conclusión lógica: “Todo engorda, todo te convierte en un adicto, provoca cagalera, borra tus recuerdos y después te mata”, dejando un cadáver asqueroso lleno de pústulas y tumores. Habida cuenta de que el respiracionismo (“alimentación pránica”, a lo fino) no es una opción válida en las ciudades debido a la fuerte contaminación, y recordando que, al fin y al cabo, décadas atrás se acusaba a la masturbación de provocar ceguera y al rock’n’roll de inducir conductas desordenadas que desembocaban en la homosexualidad, comprenderán ustedes que un servidor pase de todo y se dirija de inmediato al bar de abajo a pedirse un bocata de chistorra. Y luego un carajillo.

Por Jesús Brotons. A.D. 2013.

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