Todo engorda y te convierte en un adicto, provoca cagalera, borra tus recuerdos y luego te mata, dejando un cadáver lleno de pústulas y tumores.
Los donuts contienen aceites
hidrogenados, harina blanca, azúcar y, el colmo de los horrores, acrilamida, compuesto orgánico potencialmente cancerígeno; tal cúmulo de sustancias
nefandas hacen del que creíamos benigno rosco un agente tóxico susceptible de
provocarte un desbarajuste celular que de esa no sales. ¡Tira ese donut! Y
aprovecha para leer los libros de Mark Bittman, un especialista en nutrición
que apunta que la leche no aporta calcio a los huesos y que lo mejor para
retrasar la osteoporosis es tomar el sol; sin llegar, digo yo, a los extremos de Hira Ratan Manek, el curro jiménez de la alimentación lorenzana.
Si les va la marcha y necesitan
fustigarse la conciencia con opiniones más severas, recurran entonces al doctor
Neal Barnard, nutricionista y escritor de similar palo muy dado a acojonar al
personal aseverando que la leche no es que no aporte calcio, es que contiene
pequeñas dosis de morfina cuya finalidad es tranquilizar al lactante; la
naturaleza es sabia. Y no acaba ahí
el buen doctor Benway... digo, Barnard, al que no le tiembla el pulso
emprendiéndola con el queso: el muy truhán contiene caseína, un grupo de
proteínas de la leche que, al digerirse, liberan casomorfina, péptidos que producen
efectos similares al de los opioides.
Además de péptidos, pérfidos. ¡Tira ese queso! ¡Rápido, tíralo!
Desde hace años venimos padeciendo que
por todos lados nos den la matraca con la suma maldad del consumo de carne, ya
porque no es ético sacrificar animales para su consumo, ya porque contienen
hipoxantina y te puedes convertir en hipopótamo con brillantina. Además, las
personas que comen carne “engañan
fácilmente, olvidan sus promesas, son más deshonestas, dicen tacos, roban,
recurren a la violencia y cometen crímenes sexuales”. No me lo invento. Esto lo han dicho en la India. Los vegetarianos, por el contrario, son seres virtuosos
con línea directa de comunicación con la naturaleza y el universo, y follan con
el vigor de un caballo percherón. Sus erecciones de piedra duran horas, y
arrojan al eyacular mares de esperma que ni el mismísimo Moisés con la ayuda divina podría separar.
¡Rápido! ¡Arroja bien lejos ese fuet!
Una dealer suministrando a un adicto.
Bueno. Todo esto viene a cuento de que
biomedcentral.com, una web especializada en informar de las llagas, pústulas y
tumores que nos van a salir si no obedecemos unas sencillas pero estrictas
normas alimentarias, ha hecho público que, conforme a los resultados de un
“macroestudio observacional” (¡toma ya término gilipollas!), la ingesta diaria de
20 gramos de embutido aumenta el riesgo de mortalidad un 3’3 por ciento. Si un servidor ha
de guiarse por ese estudio, debo llevar al menos quince años muerto. ¡Ya podría alguien haberme avisado!
El macroestudio debe su prefijo a que se
realizó poniéndose “observacionales” perdidos con 448.568 personas, nada menos;
todas ellas hombres y mujeres sin antecedentes de infarto, cáncer o ictus. En
ningún momento se dice cuántos cobayas humanos fallecieron (o dijeron tacos,
robaron y olvidaron sus promesas) por ingestión de jalufo durante el transcurso
de este crucial experimento que deja el de Tuskegee a la altura del parchís. Lo
que sí dice es que “la carne es una importante fuente de nutrientes, con
proteínas, hierro, cinc, vitamina B, vitamina A y ácidos grasos esenciales”.
¿Contradicción? No. El secreto, digo yo, es ingerir 19 gramos al día, lo que
equivale a una o dos lonchitas de chorizo. ¿Qué tal por las mañanas,
sustituyendo al demoníaco donut?
La droga más peligrosa del mundo.
A estas alturas del sermón, uno ya
debería poder diferenciar entre un nitrito y un nitrato, y también saber que
necesito más potasio y menos sodio; ¡adiós a lamer las bombillas de las farolas
de la calle! También debería tener claro –porque lo ha dicho Roland Griffiths,
doctor de la Escuela de Medicina de la Universidad Johns Hopkins– que si me
siento mal cuando no bebo café es porque soy un adicto a la cafeína, y que si
padezco migrañas cuando sí lo bebo es por lo mismo. Por su parte, la profesora Dana
Small, de la Escuela de Medicina de la Universidad de Northwestern, ha expuesto
que los chocolates activan zonas del cerebro relacionadas con el consumo de
drogas; extraigo de esto que nada hay más adictivo y a la larga perjudicial que
una taza de chocolate con leche, pues lo primero te pone la dopamina a cien y
la segunda contiene morfina. ¿Y el azúcar? ¡Aaah! ¡El azúcar! Ese desalmado
libera endorfinas, cuyos efectos opiáceos te mandan derechito a Proyecto
Hombre.
No te creas que vas a irte de rositas
sustituyendo azúcar por sacarina, pues su componente principal es el aspartamo
E-951, un edulcorante descubierto en 1965 por la multinacional farmacéutica
G.D. Searl and Company al que sesudos estudios de peña de la misma cuerda que
Barnard, Bittman, Griffiths y Small acusan de acelerar, e incluso provocar, la
aparición del alzheimer. Aunque lo mismo nos va a dar, ya que el aspartamo está
presente por defecto en refrescos light, golosinas, chicles, yogures bio y
hasta medicamentos del orden de los antigripales y anticongestivos.
Para colmo de males, saltaban
recientemente datos hechos públicos por la Fundación
Española del Aparato Digestivo (FEAD), según los cuales España es el país donde se producen más
intoxicaciones por anisakis después de Japón. El anisakis, un parásito que
provoca trastornos alérgicos y gastrointestinales (esto es: te cuesta respirar
y te cagas vivo), se transmite al ser humano a través del consumo de pescado
crudo o semicrudo y crustáceos (langosta, gamba y cangrejo) o cefalópodos
(pulpo, sepia o calamar). Si eres aprensivo, ya puedes decirle adiós a las
tapitas frente al bar del puerto, colega.
Así todo, solo cabe dar por bueno aquel
famoso dicho de que “lo que no mata, engorda”, y extenderlo a “lo que no
engorda, mata” hasta llegar finalmente a su conclusión lógica: “Todo engorda,
todo te convierte en un adicto, provoca cagalera, borra tus recuerdos y después
te mata”, dejando un cadáver asqueroso lleno de pústulas y tumores. Habida
cuenta de que el respiracionismo (“alimentación pránica”, a lo fino) no es una
opción válida en las ciudades debido a la fuerte contaminación, y recordando
que, al fin y al cabo, décadas atrás se acusaba a la masturbación de provocar
ceguera y al rock’n’roll de inducir conductas desordenadas que desembocaban en
la homosexualidad, comprenderán ustedes que un servidor pase de todo y se
dirija de inmediato al bar de abajo a pedirse un bocata de chistorra. Y luego
un carajillo.
Por Jesús Brotons. A.D. 2013.



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