sábado, 16 de marzo de 2013

Superelvis. Necessary Lies


Según el dicho popular, no echamos en falta las cosas hasta que las perdemos. Servidor, que por su naturaleza descreída no presta excesiva atención a las máximas tradicionales, tiene que admitir que tan sentenciosa afirmación no carece, en ocasiones, de un sustrato de verdad. ¿Quién no ha sentido un acceso de nostalgia al pinchar por enésima vez los discos de tal o cual formación, ya desmantelada, que tanto le gustaba años atrás?

Es habitual considerar a determinadas bandas que han contribuido a nuestra educación sentimental, que han formado parte de una etapa concreta de nuestras vidas, como de nuestra exclusiva propiedad; nos arrogamos su existencia como un derecho adquirido; si el grupo en cuestión se mueve en ámbitos minoritarios, tendemos a sublimar nuestro ego sintiéndonos partícipes de un cónclave cuasisecreto y marginal. Cuando juventud y petulancia van cogidas de la mano, uno desea ser protagonista y no espectador. Aunque sea en películas que, con la perspectiva del tiempo, descubrimos que nos fueron siempre ajenas.

No creo caer en el error de una indiscriminada generalización si afirmo que todo aquel que percibe la música como algo más que un entretenimiento, como algo más importante y valioso que una simple opción de ocio, atesora en un rincón privilegiado de su interior los recuerdos asociados al grupo que le marcó. Así es al menos en mi caso, y ya que nada me diferencia de cualquier hijo de vecino, entiendo que para los demás también lo debe ser. Aún hoy me encuentro con gente que se explaya sobre lo mucho que en su día significó Nirvana para ellos; de idéntica manera, cualquier grupo actual semidesconocido es susceptible de convertirse, en el futuro, en similar materia de evocación nostálgica. Para el que esto escribe, su grupo clave, o uno de ellos, fueron los barceloneses Superelvis.

 Pasándolo bien en directo.

Un grupo realmente particular. La crítica perezosa acostumbraba a confinarlos en el gueto reservado a la música experimental, aunque ellos sostuvieran con total convencimiento que lo suyo era pop-rock; de idiosincrasia extraña, casi alienígena, pero pop al fin y al cabo. Expropiaban letras y músicas ajenas al por mayor, se ufanaban de ello, y los frutos de su pillaje adquirían en sus manos, sometidos a cirugía y despojados de sus referencias primitivas, nueva vida y significado. Hace doce años [ahora diecinueve] pensaba que no se parecían a nadie. Sigo opinando lo mismo.

De la imaginaria trilogía compuesta por Wrong Songs (1992), Necessary Lies (1994) y Happiness Is Stupid (1997, disco español del año para la revista Rockdelux), siempre me he quedado con el segundo. ¿Por qué precisamente con ése, unánimemente considerado poco menos que como el patito feo de su discografía? Puede que por el demoledor concepto en torno al cual bascula: la mentira como complemento para redondear la verdad, arma defensiva, coraza espiritual, herramienta insustituible para manejarnos en el mundo de hoy; quizá por ser, en mi opinión, su trabajo más compensado, en un punto intermedio entre la espartana desnudez de Wrong Songs y el, a mi parecer, algo sobrecargado Happiness; o por la discreta, aunque decisiva, aportación de músicos invitados como Jakob Draminsky y Mark Cunningham; por el estado de gracia en que el grupo se muestra en temas como Every Time, Let Them In y Sadness; por esas letras tan cortas y sin embargo tan plenas de sugerencias. O tal vez porque yo mismo procuro trastornar la verdad para que se ajuste a mis necesidades. ¿Cuánto hay de cierto y cuánto de falso en lo que llevo escrito? Necessary Lies...

Por Jesús Brotons. Publicado originalmente en la sección El discòfil,
del suplemento Rock & Clàssic del diario Avui

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