El
cofundador de Tangerine Dream, Ash Ra Tempel y Cosmic Jokers no planea retirarse,
dice, antes del año 2250. Al llamado ‘sumo pontífice de la electrónica’ y
‘padrino del techno’ aún le queda cuerda para rato. ¿Que todavía no le conocen?
Su figura no
es, nunca ha sido ni probablemente será, objeto del culto desaforado y fanático
que se profesa a Kraftwerk, ni se ha revalorizado lo suficiente como para
recibir el beneplácito de la crítica ‘inteligente’, los doctos factótums de la
modernidad que sí han condescendido a elevar ‘urbi et orbi’ a los altares a sus
coetáneos Can, Faust y Neu! Su música no rozaba el nivel de recogimiento
místico de Popol Vuh, ni la pulsión rockera de Amon Düül 2 y Annexus Quam, ni
la excentricidad de Agitation Free ni la capacidad descriptiva y cinemática de
sus exitosos ex compañeros Tangerine Dream. Puesta a carecer, carecía la suya
del compromiso sociopolítico que impregnaba, y en ocasiones lastraba, los
trabajos de células ‘agit-prop’ como Floh De Cologne y Withusser + Westrupp. Ni
falta que le hacía.
Continental hasta la médula, su sonido no predaba elementos étnicos como la de Embryo o la de, por supuesto, Can, y por ello jamás pudo ser repescado como inopinado adalid de la fusión ‘world-music’. Sus raíces, además, eran cosmopolitas y urbanas, al contrario que las de Anima Sound, pero no tanto como para poder ser fácilmente reciclada por el actual túrmix bailable, caso de la de Manuel Gottsching y Ash Ra Tempel. Experimental, pero no tanto como la de Conrad Schnitzler, y deletérea, seria, no tan despreocupada como la de Cosmic Jokers –grupo fantasma en el que él mismo participara a mediados de los 70–, la música de Klaus Schulze, pionero electronico, sigue pendiente de merecida recuperación. Por todo lo expuesto hasta ahora y unas cuantas cosas más que me dejo en el tintero, nadie se ha atrevido por el momento a reivindicar a Schulze como una de las figuras clave en el devenir de la música sintética de las últimas cuatro décadas. Y, sin embargo, lo es. En modo superlativo.
“La
música, para mí, es la trastienda de una imagen mental, pero la interpretación
exacta la debe hacer el oyente. De ahí que la música esté compuesta solo a
medias, y que el que está escuchando deba completar la composición para que
ésta tenga auténtica repercusión mental”, escribe
Schulze en las notas interiores de Mirage,
su disco de 1977. “El oyente ha de añadir
el significado. Por supuesto, mi composición tiene una dirección básica en
función de mi propia creatividad, pero creo que el oyente también debe poner
algo de su parte. ¡Quizá sea por esto que la gente ama u odia mi música!”
Ya porque la mayoría de nosotros percibimos el hecho musical como un objeto de
gratificación instantánea, regalo en el que es el compositor quien debe hacer
todo el esfuerzo para complacernos y cualquier trabajo que nosotros tengamos
que hacer simplemente no compensa; ya porque se entiende que su asumida
condición de obra inacabada sitúa –erróneamente– la música de Schulze en el
terreno de lo gratuito, de lo aparente, de lo vacío de contenido, lo cierto es
que durante décadas se ha tenido la copiosa producción del alemán como
paradigma de vacuidad. Qué duda cabe que el carácter improvisatorio y la
resolución en suspenso de la música planeadora (esa denostada corriente,
emparentada con el ‘ambient’, que prima la introspección, los sonidos tenues y
abstractos, las estructuras sencillas y los desarrollos eternos) favorece el
‘todo vale’ y la producción en cadena sin control de calidad, pero cuando los
mecanismos encajan, la música absorbe al oyente predispuesto, los minutos se
transforman en segundos y la mente vuela libre. No en vano a Schulze se le
considera el ‘correo cósmico’ definitivo.
Que el estilo
del sintetista teutón, el hombre que aparcó la batería en favor del moog, no
esté precisamente de moda, no es óbice para no recuperar algunos de sus álbumes
clásicos, que los tiene y muchos, e indagar sin prejuicios en la prehistoria del techno
abstracto, del ambient y demás estilos subsidiarios. Amen u odien su música,
pero opinen con conocimiento de causa.
Por Jesús Brotons. Publicado originalmente en Trax


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