martes, 11 de febrero de 2014

Toma genoma pastillas de goma

Miedo: Perturbación angustiosa del ánimo por un peligro real o imaginario. / Recelo de que suceda una cosa contraria a lo que se desea.

Si el sueño de la razón produce monstruos, leer la prensa diaria antes del primer café de la mañana es motivo de inquietud, intriga y dolor de barriga. Según parece, un esforzado equipo de investigadores ha localizado el punto exacto del cerebro donde se encuentra el gen que produce el miedo. ¡Anda la osa! Las ciencias adelantan que es una barbaridad. Yo creía que el miedo tenía un origen metafísico y ocupaba un espacio en esa dimensión desconocida llamada alma, que es algo que todos los animales tienen y algunos humanos no. La idea de que el miedo, o cualquier otra emoción abstracta, tenga un origen físico y una ubicación concreta, que pueda por tanto ser medible, cuantificable, controlable e incluso, por qué no, desarrollable (entre otros muchos -ables), me sugiere una serie de preguntas y, en última instancia, hasta un poco de miedo. Huy, que no me oigan los doctores…

Según el Equipo Frankenstein, cuando nuestras madres nos decían que si no nos comíamos la sopa vendría el hombre del saco, o cualquier otro coco imaginario, no estaban haciendo sino estimular con sadismo el gen de marras. ¿Y qué es un gen? Una cosita de nada, una base de carbono aliñada con salsa de enzimas. Apenas una tilde en la enorme enciclopedia de datos que conforma nuestro sistema celular. Bien, así pues, ¿cabe pensar que, aplicando a este gen el equivalente neuronal del bromuro, inhibiremos, conseguiremos librarnos de esos miedos tontos que tan a menudo nos asaltan de forma absurda? Miedo a quedarnos calvos, a hacer el ridículo, a que pierda nuestro equipo de fútbol. Miedo al qué dirán, a que la barriga crezca hasta impedir vernos la cuca, a que la lluvia nos coja sin paraguas, a que aparezca la primera cana... Podemos pasar sin esos miedos, qué caramba. Bastante complicada es la vida como para vivirla atenazados por asuntos de importancia tan relativa. Si desactivar ese dichoso gen nos libera de la angustia por las cosas triviales, yo me apunto.

Fácil es decirlo.

Por otra parte, el miedo es un mecanismo de protección que nos salva el pellejo todos los días. ¿Por qué no se nos ocurre acercar la mano a la llama? Por el miedo a quemarnos, claro. El miedo es el mejor amigo del hombre, cantaba John Cale, y las guerras abundan en muertos y heridos a mayor gloria del valor, que es la exaltación enfermiza de la falta de miedo. Pero, como la ciencia ha demostrado, el miedo tiene una base genética, y suprimirlo implica ir en contra de nuestra naturaleza. Si eliminamos el gen del miedo (suena a película de serie B), ¿trascenderemos nuestras limitaciones subiendo un peldaño en la escala evolutiva o, por el contrario, nos convertiremos en seres suprahumanos que correrán al matadero con una sonrisa de ignorancia esculpida en la cara? ¿2001, una odisea del espacio, o Soldado universal? En cualquier caso, Un mundo feliz.

El hombre terminal, viéndolas venir.
  
Rebusquen en los libros de historia y comprobarán que la mayoría de los grandes inventos han tenido, o se ha intentado que tuvieran, su aplicación en la industria del armamento. ¿Acaso no inventó Edison la silla eléctrica, como ejemplo práctico del peligro que entrañaba la corriente alterna descubierta por su competidor Westinghouse? No pasó mucho tiempo antes de que un congresista le viera posibilidades al hot seat y el resto ya lo conocemos. ¿Qué les hace pensar que el descubrimiento del Equipo Frankenstein no haya sido sopesado por algunos cerebros con corbata y galones? Quizá ya estén envalentonando artificialmente a la sociedad. Puede que fumiguen los campos de lechugas con Fluido Antimiedo, o que se lo suministren a las gallinas con el pienso. El próximo paso podría ser inhibir el gen que hace votar a la izquierda. En muchos países de Europa están haciendo grandes progresos en este sentido.

Carape, la de cuestiones que puede sugerir un simple titular cuando ni siquiera son las nueve. Veamos qué dice el horóscopo y la sección de deportes…

Por Jesús Brotons, A.D. 2014.  Emitido originalmente en el programa La Gatera de Herri Irratia, 2002.

sábado, 16 de marzo de 2013

Superelvis. Necessary Lies


Según el dicho popular, no echamos en falta las cosas hasta que las perdemos. Servidor, que por su naturaleza descreída no presta excesiva atención a las máximas tradicionales, tiene que admitir que tan sentenciosa afirmación no carece, en ocasiones, de un sustrato de verdad. ¿Quién no ha sentido un acceso de nostalgia al pinchar por enésima vez los discos de tal o cual formación, ya desmantelada, que tanto le gustaba años atrás?

Es habitual considerar a determinadas bandas que han contribuido a nuestra educación sentimental, que han formado parte de una etapa concreta de nuestras vidas, como de nuestra exclusiva propiedad; nos arrogamos su existencia como un derecho adquirido; si el grupo en cuestión se mueve en ámbitos minoritarios, tendemos a sublimar nuestro ego sintiéndonos partícipes de un cónclave cuasisecreto y marginal. Cuando juventud y petulancia van cogidas de la mano, uno desea ser protagonista y no espectador. Aunque sea en películas que, con la perspectiva del tiempo, descubrimos que nos fueron siempre ajenas.

No creo caer en el error de una indiscriminada generalización si afirmo que todo aquel que percibe la música como algo más que un entretenimiento, como algo más importante y valioso que una simple opción de ocio, atesora en un rincón privilegiado de su interior los recuerdos asociados al grupo que le marcó. Así es al menos en mi caso, y ya que nada me diferencia de cualquier hijo de vecino, entiendo que para los demás también lo debe ser. Aún hoy me encuentro con gente que se explaya sobre lo mucho que en su día significó Nirvana para ellos; de idéntica manera, cualquier grupo actual semidesconocido es susceptible de convertirse, en el futuro, en similar materia de evocación nostálgica. Para el que esto escribe, su grupo clave, o uno de ellos, fueron los barceloneses Superelvis.

 Pasándolo bien en directo.

Un grupo realmente particular. La crítica perezosa acostumbraba a confinarlos en el gueto reservado a la música experimental, aunque ellos sostuvieran con total convencimiento que lo suyo era pop-rock; de idiosincrasia extraña, casi alienígena, pero pop al fin y al cabo. Expropiaban letras y músicas ajenas al por mayor, se ufanaban de ello, y los frutos de su pillaje adquirían en sus manos, sometidos a cirugía y despojados de sus referencias primitivas, nueva vida y significado. Hace doce años [ahora diecinueve] pensaba que no se parecían a nadie. Sigo opinando lo mismo.

De la imaginaria trilogía compuesta por Wrong Songs (1992), Necessary Lies (1994) y Happiness Is Stupid (1997, disco español del año para la revista Rockdelux), siempre me he quedado con el segundo. ¿Por qué precisamente con ése, unánimemente considerado poco menos que como el patito feo de su discografía? Puede que por el demoledor concepto en torno al cual bascula: la mentira como complemento para redondear la verdad, arma defensiva, coraza espiritual, herramienta insustituible para manejarnos en el mundo de hoy; quizá por ser, en mi opinión, su trabajo más compensado, en un punto intermedio entre la espartana desnudez de Wrong Songs y el, a mi parecer, algo sobrecargado Happiness; o por la discreta, aunque decisiva, aportación de músicos invitados como Jakob Draminsky y Mark Cunningham; por el estado de gracia en que el grupo se muestra en temas como Every Time, Let Them In y Sadness; por esas letras tan cortas y sin embargo tan plenas de sugerencias. O tal vez porque yo mismo procuro trastornar la verdad para que se ajuste a mis necesidades. ¿Cuánto hay de cierto y cuánto de falso en lo que llevo escrito? Necessary Lies...

Por Jesús Brotons. Publicado originalmente en la sección El discòfil,
del suplemento Rock & Clàssic del diario Avui

miércoles, 13 de marzo de 2013

Una razón para ayunar y otra para morir


Todo engorda y te convierte en un adicto, provoca cagalera, borra tus recuerdos y luego te mata, dejando un cadáver lleno de pústulas y tumores.

Los donuts contienen aceites hidrogenados, harina blanca, azúcar y, el colmo de los horrores, acrilamida, compuesto orgánico potencialmente cancerígeno; tal cúmulo de sustancias nefandas hacen del que creíamos benigno rosco un agente tóxico susceptible de provocarte un desbarajuste celular que de esa no sales. ¡Tira ese donut! Y aprovecha para leer los libros de Mark Bittman, un especialista en nutrición que apunta que la leche no aporta calcio a los huesos y que lo mejor para retrasar la osteoporosis es tomar el sol; sin llegar, digo yo, a los extremos de Hira Ratan Manek, el curro jiménez de la alimentación lorenzana.

Si les va la marcha y necesitan fustigarse la conciencia con opiniones más severas, recurran entonces al doctor Neal Barnard, nutricionista y escritor de similar palo muy dado a acojonar al personal aseverando que la leche no es que no aporte calcio, es que contiene pequeñas dosis de morfina cuya finalidad es tranquilizar al lactante; la naturaleza es sabia. Y no acaba ahí el buen doctor Benway... digo, Barnard, al que no le tiembla el pulso emprendiéndola con el queso: el muy truhán contiene caseína, un grupo de proteínas de la leche que, al digerirse, liberan casomorfina, péptidos que producen efectos similares al de los opioides. Además de péptidos, pérfidos. ¡Tira ese queso! ¡Rápido, tíralo!

Desde hace años venimos padeciendo que por todos lados nos den la matraca con la suma maldad del consumo de carne, ya porque no es ético sacrificar animales para su consumo, ya porque contienen hipoxantina y te puedes convertir en hipopótamo con brillantina. Además, las personas que comen carne “engañan fácilmente, olvidan sus promesas, son más deshonestas, dicen tacos, roban, recurren a la violencia y cometen crímenes sexuales”. No me lo invento. Esto lo han dicho en la India. Los vegetarianos, por el contrario, son seres virtuosos con línea directa de comunicación con la naturaleza y el universo, y follan con el vigor de un caballo percherón. Sus erecciones de piedra duran horas, y arrojan al eyacular mares de esperma que ni el mismísimo Moisés con la ayuda divina podría separar. ¡Rápido! ¡Arroja bien lejos ese fuet!

Una dealer suministrando a un adicto.

Bueno. Todo esto viene a cuento de que biomedcentral.com, una web especializada en informar de las llagas, pústulas y tumores que nos van a salir si no obedecemos unas sencillas pero estrictas normas alimentarias, ha hecho público que, conforme a los resultados de un “macroestudio observacional” (¡toma ya término gilipollas!), la ingesta diaria de 20 gramos de embutido aumenta el riesgo de mortalidad un 3’3 por ciento. Si un servidor ha de guiarse por ese estudio, debo llevar al menos quince años muerto. ¡Ya podría alguien haberme avisado!

El macroestudio debe su prefijo a que se realizó poniéndose “observacionales” perdidos con 448.568 personas, nada menos; todas ellas hombres y mujeres sin antecedentes de infarto, cáncer o ictus. En ningún momento se dice cuántos cobayas humanos fallecieron (o dijeron tacos, robaron y olvidaron sus promesas) por ingestión de jalufo durante el transcurso de este crucial experimento que deja el de Tuskegee a la altura del parchís. Lo que sí dice es que “la carne es una importante fuente de nutrientes, con proteínas, hierro, cinc, vitamina B, vitamina A y ácidos grasos esenciales”. ¿Contradicción? No. El secreto, digo yo, es ingerir 19 gramos al día, lo que equivale a una o dos lonchitas de chorizo. ¿Qué tal por las mañanas, sustituyendo al demoníaco donut?

 La droga más peligrosa del mundo.

A estas alturas del sermón, uno ya debería poder diferenciar entre un nitrito y un nitrato, y también saber que necesito más potasio y menos sodio; ¡adiós a lamer las bombillas de las farolas de la calle! También debería tener claro –porque lo ha dicho Roland Griffiths, doctor de la Escuela de Medicina de la Universidad Johns Hopkins– que si me siento mal cuando no bebo café es porque soy un adicto a la cafeína, y que si padezco migrañas cuando sí lo bebo es por lo mismo. Por su parte, la profesora Dana Small, de la Escuela de Medicina de la Universidad de Northwestern, ha expuesto que los chocolates activan zonas del cerebro relacionadas con el consumo de drogas; extraigo de esto que nada hay más adictivo y a la larga perjudicial que una taza de chocolate con leche, pues lo primero te pone la dopamina a cien y la segunda contiene morfina. ¿Y el azúcar? ¡Aaah! ¡El azúcar! Ese desalmado libera endorfinas, cuyos efectos opiáceos te mandan derechito a Proyecto Hombre.

No te creas que vas a irte de rositas sustituyendo azúcar por sacarina, pues su componente principal es el aspartamo E-951, un edulcorante descubierto en 1965 por la multinacional farmacéutica G.D. Searl and Company al que sesudos estudios de peña de la misma cuerda que Barnard, Bittman, Griffiths y Small acusan de acelerar, e incluso provocar, la aparición del alzheimer. Aunque lo mismo nos va a dar, ya que el aspartamo está presente por defecto en refrescos light, golosinas, chicles, yogures bio y hasta medicamentos del orden de los antigripales y anticongestivos.

Para colmo de males, saltaban recientemente datos hechos públicos por la Fundación Española del Aparato Digestivo (FEAD), según los cuales España es el país donde se producen más intoxicaciones por anisakis después de Japón. El anisakis, un parásito que provoca trastornos alérgicos y gastrointestinales (esto es: te cuesta respirar y te cagas vivo), se transmite al ser humano a través del consumo de pescado crudo o semicrudo y crustáceos (langosta, gamba y cangrejo) o cefalópodos (pulpo, sepia o calamar). Si eres aprensivo, ya puedes decirle adiós a las tapitas frente al bar del puerto, colega.

Así todo, solo cabe dar por bueno aquel famoso dicho de que “lo que no mata, engorda”, y extenderlo a “lo que no engorda, mata” hasta llegar finalmente a su conclusión lógica: “Todo engorda, todo te convierte en un adicto, provoca cagalera, borra tus recuerdos y después te mata”, dejando un cadáver asqueroso lleno de pústulas y tumores. Habida cuenta de que el respiracionismo (“alimentación pránica”, a lo fino) no es una opción válida en las ciudades debido a la fuerte contaminación, y recordando que, al fin y al cabo, décadas atrás se acusaba a la masturbación de provocar ceguera y al rock’n’roll de inducir conductas desordenadas que desembocaban en la homosexualidad, comprenderán ustedes que un servidor pase de todo y se dirija de inmediato al bar de abajo a pedirse un bocata de chistorra. Y luego un carajillo.

Por Jesús Brotons. A.D. 2013.

sábado, 9 de marzo de 2013

El cartero cósmico llama dos veces


El cofundador de Tangerine Dream, Ash Ra Tempel y Cosmic Jokers no planea retirarse, dice, antes del año 2250. Al llamado ‘sumo pontífice de la electrónica’ y ‘padrino del techno’ aún le queda cuerda para rato. ¿Que todavía no le conocen?


Su figura no es, nunca ha sido ni probablemente será, objeto del culto desaforado y fanático que se profesa a Kraftwerk, ni se ha revalorizado lo suficiente como para recibir el beneplácito de la crítica ‘inteligente’, los doctos factótums de la modernidad que sí han condescendido a elevar ‘urbi et orbi’ a los altares a sus coetáneos Can, Faust y Neu! Su música no rozaba el nivel de recogimiento místico de Popol Vuh, ni la pulsión rockera de Amon Düül 2 y Annexus Quam, ni la excentricidad de Agitation Free ni la capacidad descriptiva y cinemática de sus exitosos ex compañeros Tangerine Dream. Puesta a carecer, carecía la suya del compromiso sociopolítico que impregnaba, y en ocasiones lastraba, los trabajos de células ‘agit-prop’ como Floh De Cologne y Withusser + Westrupp. Ni falta que le hacía.

Continental hasta la médula, su sonido no predaba elementos étnicos como la de Embryo o la de, por supuesto, Can, y por ello jamás pudo ser repescado como inopinado adalid de la fusión ‘world-music’. Sus raíces, además, eran cosmopolitas y urbanas, al contrario que las de Anima Sound, pero no tanto como para poder ser fácilmente reciclada por el actual túrmix bailable, caso de la de Manuel Gottsching y Ash Ra Tempel. Experimental, pero no tanto como la de Conrad Schnitzler, y deletérea, seria, no tan despreocupada como la de Cosmic Jokers –grupo fantasma en el que él mismo participara a mediados de los 70–, la música de Klaus Schulze, pionero electronico, sigue pendiente de merecida recuperación. Por todo lo expuesto hasta ahora y unas cuantas cosas más que me dejo en el tintero, nadie se ha atrevido por el momento a reivindicar a Schulze como una de las figuras clave en el devenir de la música sintética de las últimas cuatro décadas. Y, sin embargo, lo es. En modo superlativo.


“La música, para mí, es la trastienda de una imagen mental, pero la interpretación exacta la debe hacer el oyente. De ahí que la música esté compuesta solo a medias, y que el que está escuchando deba completar la composición para que ésta tenga auténtica repercusión mental”, escribe Schulze en las notas interiores de Mirage, su disco de 1977. “El oyente ha de añadir el significado. Por supuesto, mi composición tiene una dirección básica en función de mi propia creatividad, pero creo que el oyente también debe poner algo de su parte. ¡Quizá sea por esto que la gente ama u odia mi música!” Ya porque la mayoría de nosotros percibimos el hecho musical como un objeto de gratificación instantánea, regalo en el que es el compositor quien debe hacer todo el esfuerzo para complacernos y cualquier trabajo que nosotros tengamos que hacer simplemente no compensa; ya porque se entiende que su asumida condición de obra inacabada sitúa –erróneamente– la música de Schulze en el terreno de lo gratuito, de lo aparente, de lo vacío de contenido, lo cierto es que durante décadas se ha tenido la copiosa producción del alemán como paradigma de vacuidad. Qué duda cabe que el carácter improvisatorio y la resolución en suspenso de la música planeadora (esa denostada corriente, emparentada con el ‘ambient’, que prima la introspección, los sonidos tenues y abstractos, las estructuras sencillas y los desarrollos eternos) favorece el ‘todo vale’ y la producción en cadena sin control de calidad, pero cuando los mecanismos encajan, la música absorbe al oyente predispuesto, los minutos se transforman en segundos y la mente vuela libre. No en vano a Schulze se le considera el ‘correo cósmico’ definitivo.

Que el estilo del sintetista teutón, el hombre que aparcó la batería en favor del moog, no esté precisamente de moda, no es óbice para no recuperar algunos de sus álbumes clásicos, que los tiene y muchos, e indagar sin prejuicios en la prehistoria del techno abstracto, del ambient y demás estilos subsidiarios. Amen u odien su música, pero opinen con conocimiento de causa.

Por Jesús Brotons. Publicado originalmente en Trax

miércoles, 6 de marzo de 2013

El misterio del cóctel molecular

Este artículo empecé a escribirlo a inicios de 2008 para su publicación en la web de Vice, pero lo dejé a la mitad. Completo y revisado, lo publico ahora en Tarsus.

Hojeando en zig zag la ración diaria de menudillo periodístico tropiezo con la foto de un sonriente hombre joven que, informa el texto, ha creado para una importante marca de ginebras tres nuevos cócteles de creciente nivel de complejidad: uno se puede hacer en casa, la preparación del segundo reviste dificultad media, y hay un tercero reservado a los expertos.

Entiendo que la experiencia necesaria para elaborar este último ha de corresponderse con la del que se lo va a beber, pues el brebaje ha de reposar veinticuatro horas en el congelador antes de alcanzar el que se supone es su nivel óptimo. Si alguien pide el cóctel de marras, que intuyo caro, es porque está demasiado borracho como para importarle el precio o bien trata de impresionar a su acompañante. Hasta puede que, en casos concretos, sepa exactamente que el producto que está pidiendo tiene una historia detrás, no muy larga en términos universales pero bastante si se compara con el promedio de vida de un cóctel cualquiera: preparación, primeros sorbos, ataque sin reservas ni disimulos y apurado de la copa; en total veinte minutos o media hora. Dudo que tan refinado esteta de los cócteles, ese bon vivant de perfecta dicción y acodado en la barra de casual elegancia, cometiera el error de pedirle al azorado bartender que le eche más alcohol al brebaje. “Oye niño, cárgamelo un poco más”. Yo mismo he escuchado esa fórmula en más de una ocasión y en más de un local, por supuesto nunca en locales del tipo en que se sirven cócteles que requieren un día entero al fresco antes de proceder a cauterizar las paredes estomacales. Tupac Kirby, que no trabaja en ese tipo de establecimientos, aclara la cuestión: “Nuestros clientes suelen fiarse de la graduación alcohólica que les ponemos en el cóctel. No estamos aquí para emborrachar a la gente. Todo lo contrario, estamos para enseñarles a beber cosas de buena calidad y con un consumo mínimo responsable”.

A Kirby nadie le pide que escancie con generosidad el alcohol porque no está aquí para emborrachar a nadie. Está aquí, y mañana allá, y pasado mañana en otro sitio, para enseñar a los individuos que hay detrás de la barra, desharrapados o bien vestidos, a ser bartenders preparados y, como los marines, orgullosos de serlo. Hoo-ha! Más que bartenders, en realidad: cocteleros. Una categoría profesional que se sitúa entre la hostelería tradicional, el arte moderno y los malabarismos circenses. “Supongo que debes estar harto de que te mencionen a Tom Cruise y Cocktail, ese churro de película”, le digo. “Es normal”, responde con cara de haberlo visto venir. “Es muy típico. Suele salir siempre. Digamos que es una película que impulsó mucho el movimiento del bartending, pero que se aleja muchísimo de la realidad y de los objetimos que buscamos realmente los bartenders. Era la historia de un sueño dorado, cosa que no ocurre en la realidad”. El Sueño Americano, en pie y saluden, sonrisas y superación personal. “Eso es, pero un Sueño Americano cogido por los pelos. Esto es la realidad y ocurren otras cosas”.

Hágase usted mismo un zootropo.

Ocurre, por ejemplo, que gente como Tupac y el norteamericano Steve Olson se marquen una gira por varias ciudades de la geografía española explicando al personal local cómo tiene que servirse la ginebra. Un coctelero no es, como decían en un episodio de Los Simpson, ‘el macarra de la barra que te llena la jarra en la farra’, o no debería serlo, según Tupac. Él no lo es. De hecho, ni siquiera se pone ya detrás de una barra. “Mi ocupación principal es la consultoría para marcas de alcohol o empresas que quieren desarrollar un proyecto de coctelería. Estamos aquí con un equipo muy completo; algunos vienen de Nueva York, otros de Francia, como yo, y nos hemos juntado para dar este máster de ginebras, que es muy completo. Nos movemos por el mundo entero”.

Hace un mes y medio Olson y Kirby recalaron en Barcelona. La cita era en un local del Poble Nou, un barrio con un tasa elevada de bares-abrevadero, lugares en los que lo de pedir que te llenen más el vaso lo sobrellevan los bartenders con mal disimulada paciencia, si bien lo hacen, siempre que no insistas mucho pues de lo contrario aparecen un par de matones de gimnasio en busca de excusa para llevarte en volandas al callejón y remodelarte los rasgos. Esas cosas suceden pero de noche, y a primera hora de la tarde lo que encontré fue un grupo de gente de bien afanándose en transformar un sitio como cualquier otro en una elegante coctelería-aula en la que ya se habían instalado luces indirectas y mesas redondas.

El equipo estaba realizando un buen trabajo. Incluso con escaleras de mano y cajas de herramientas por el suelo, y a falta de colocar todos esos pequeños detalles que convierten una estancia en un local en el que la gente paga gustosa por entrar si los porteros les dejan, el local presentaba un aspecto no muy distinto de uno de esos clubes de la zona alta que no reclutan músculo de gimnasio sino que directamente importan ex miembros de la policía secreta de Ceaucescu; tipos de cuidado y sin vacuna antirrábica que se apostan en la entrada, intercomunicador al cinto, sin preocuparse lo más mínimo de cambiarse los pantalones de camuflaje que llevaron en las últimas maniobras en las que participaron antes de la caída del Régimen. Estuve en un local así hace unos meses; con invitación, pues de lo contrario difícil lo hubiera tenido para entrar. Uno de esos armarios-hombre se ocupaba de levantar el cordón que delimitaba la zona VIP de la de acceso general, y tras varias idas y venidas me hizo saber en un castellano gutural que la próxima vez que saliera no podría volver a entrar. Lo que tú digas, Jiri.

“Yo soy una mezcla”, me dice Tupac, interrumpiendo mis divagaciones. Encuentro que sería meterme demasiado en su vida preguntarle de qué; además, parte ya me la está contando. “Trabajaba en París sirviendo cafés. Ya jugaba con la bandeja pero aún no estaba tan desarrollado. Cuando me mudé a España me encontré un circuito un poco más organizado, y a partir de ahí todo fue empezar a entrenar, entrenar, mucha coctelería, empollar recetas, probar muchas cosas… y compartir”. En mi mente aparecen imágenes de muchas botellas rotas, muchas bandejas abolladas, mucha prueba y error mezclando grosella con Estomacal Bonet y pomelo con distintas gradaciones de ratafía. Tampoco voy tan desencaminado… Tupac anuncia que más adelante probaremos un Tom Collins deconstruido, con una capa de espuma de camomila por encima “que le da una textura diferente”. Me habla asimismo del mojito, del que en su día acabó harto (“Es el cóctel más consumido en el mundo y hay muy pocas versiones que merezcan la pena, sobre todo en España”) y ahora vuelve a verle francas posibilidades de deconstrucción, y “en el Museo del Whisky de Donosti nos sirvieron EL gintonic”, por lo que le supongo a Tupac respeto por el honesto y proletario gintonic, un cóctel que se pide y se bebe como va uno a la librería porque quiere releer un clásico. A punto estoy de iniciar una diatriba en contra de la moda del apio y el pepino, apuntando que su uso en el gintonic es como ponerle falda a la mona Chita, pero me contengo. A fin de cuentas provengo del mundo de los baruchos con máquina Cirsa. ¿Qué se yo? Mi sibaritismo es inexistente, mientras que mi interlocutor pertenece a la élite de aquellos pocos a los que ningún bar se puede permitir pagar. Tupac juega en los Harlem Globetrotters de los mixólogos.

“Ningún local tiene el dinero para contratarnos”, me confirma Tupac. “Las marcas pueden conseguirlo mucho más fácilmente, porque son enormes corporaciones que disponen de muchísimo dinero”. Y así es como “la crème de la crème en un show de ginebras”, palabras suyas, se pasea por el mundo ejerciendo consultorías para marcas de bebercio del fino y empresas que, por la razón que sea (económica antes que filantrópica, en cualquier caso), quieren desarrollar un proyecto de coctelería. Es negociete, bisnes de postín, pero para Tupac, lo suyo y lo de gente como Steve Olson es, además, un arte: “Tenemos un millón de productos para desatar nuestra creatividad, y un montón de otras personas para compartir nuestros encuentros. Ahora se trabaja mucho a nivel molecular, a nivel de texturas”. A nivel molecular, ojo al dato. Poca broma aquí, ¿eh? Porque a ver quién es el guapo que se planta ante la barra y con un par le pide al barman/barwoman que le eche más moléculas al cubata. Y no nos olvidemos de las texturas: "¡Camarero! Este cóctel está poco denso". Si se piensa en frío, pues no está mal pensado. ¿Acaso soy yo el único al que alguna noche le ha apetecido un whisky sour con la solidez de un puré de patatas a tope de patata y poquita leche? Cómo. ¿Sí?

Un bartender deconstruyendo con un plato un cóctel de cochinillo.

Tupac, hombre con tanta paciencia como sonrisa, accede a desvelarme el misterio del cóctel molecular, que así escrito parece un título cruce entre Conan Doyle y A. Thorkent: “Consiste en jugar con texturas, espumas, aires y gelatinas… Las maneras de presentar un cóctel y de tomarlo. Hasta ahora estábamos acostumbrados a beber un cóctel. Ahora se pueden comer y hasta se pueden tomar en humo”. ¡Fantástico! Esto último ha terminado de deconstruirme a mí. Cócteles que se inhalan, cual fantasma de película nipona que se introduce en el cuerpo por las napias y te vuelve el cerebro del revés. O el incienso de una catedral, que algo seguro que le echan porque sales más creyente de lo que entraste. Y qué escena me viene a la mente: uno de los fornidos seguratas ex Stasi entrando cual huracán hormonado en los lavabos para sorprender a quien estuviera inhalando ilegalidades, y siendo él quien se sorprende al hallar únicamente a un cliente inhalando un cóctel…y a otro cortando el suyo con cuchillo y tenedor.

“La coctelería trata de sorprender”, dice Tupac. Y a fe mía que lo consigue, amigo. Camino de la calle no dejo de rascarme la mollera pensando en el deconstruido, textural, molecular, acrobático y artístico, en definitiva extraño mundo de la mixología. Tan sorprendido salgo, de hecho, que tardo un rato en darme cuenta de que me he olvidado de recoger la botella de ginebra que me habían prometido. Tanto da. Me meto en el primer bar que encuentro y pido al jefe que me ponga una copita de ron pelón. El jefe coge la botella, me pone la copa y, sin más, se gira hacia el televisor.

Por Jesús Brotons. A.D. 2013

sábado, 2 de marzo de 2013

¡Segundos fuera!


“Escribir siempre es interesante. Nunca falta un alma caritativa que te dice ‘hijo de puta, te voy a matar’”. Manuel Trallero, columnista del diario La Vanguardia, expresaba de forma clara y concisa uno de los grandes incentivos de nuestro oficio, el enriquecedor intercambio de pareceres. Ahora bien, ¿qué ocurre cuando a cambio de opiniones recibes palos?

  
¡Los críticos! Caprichosos morlocks de piel lechosa que entran gratis a los conciertos, se acodan en la barra con suficiencia, adoptan aires de estudiada distancia y se permiten pontificar sobre lo humano y lo divino en virtud de su más que dudosa erudición. Epítomes de una justicia con venda opaca en los ojos, los críticos dirimen las bondades de algo tan volátil como es la música y sus circunstancias aplicando criterios tan arbitrarios, tan subjetivos y personales, como los que pueda tener cualquier hijo de vecino. Las opiniones son como los culos, decía Harry el Sucio. Todo el mundo tiene uno. El gran pecado del crítico es quedarse con el culo al aire haciendo públicas las suyas, exponerlas ante los demás y granjearse las iras de aquellos que no opinen como él. El crítico es sistemáticamente vapuleado, y el mismo sector que un día le da palmaditas en la espalda agradeciendo su buen juicio al siguiente lo defenestra por osar emitir un dictamen desfavorable.

Está bien. Forma parte de las reglas del juego periodístico. Cuando uno se arroga el derecho de juzgar el trabajo de los demás, es inevitable que en ocasiones sus veredictos displazcan a cierto número de gente, entre ellos los autores de la obra evaluada. Ahí entra el derecho a réplica. El crítico no es un oráculo, poseedor de una inefable verdad universal, inoxidable, brillante y diáfana. Es un simple ser humano, con su carga de miserias, contradicciones, incongruencias y caprichosos cambios de parecer; capaz también de intermitentes aciertos, puntuales muestras de lucidez, aseveraciones afortunadas y hasta chispazos de ingenio. Veleidoso y falible por naturaleza, puede y debe ser corregido, puntualizado e informado por aquellos que poseen datos más fiables o sencillamente no comparten su parecer. A esto lo llamaban los antiguos griegos “política” (nada que ver con lo que hoy nos venden como tal): el contraste de opiniones, la réplica bien argumentada, la pugna dialéctica por cauces pacíficos. Como consecuencia, la aceptación de las tesis opuestas o la reafirmación de las propias. Si las sociedades evolucionan, cosa que a veces me permito dudar, es gracias al diálogo y no a la imprecación. Intuyo que más de uno estará pensando que todo esto suena muy bonito y utópico, por no decir ingenuo, pero, ¿es extensible a lo que aquí nos interesa, el campo del rock?

¡Ay, amigos! En el maleado cosmos del rock y estilos adyacentes lo que por desgracia prima son los malos modales, los chantajes de todo tipo y la violencia soterrada. Las grandes compañías presionan sutilmente a los malditos criticuchos para que, a imagen de los muecines, pregonen desde su atalaya las verdades dictadas por el profeta; los lectores les dedican todo tipo de epítetos si se permiten dudar de la sacrosantas virtudes de sus idolatrados juntanotas; los juntanotas, primeros damnificados morales, no siempre reaccionan con el savoir faire que caracteriza a los caballeros. Las represalias suelen venir en forma de veto, al periodista o a la publicación, o de fatwas promulgadas entre sus fieles. Otras veces, por fortuna escasas, transmutan en vengador justiciero y deciden ajustarle por su propia mano las cuentas a su némesis particular. De estos nada cordiales (des)encuentros tratará el resto de este artículo, un breve paseo por el lado cutre, zafio y barriobajero de la vida. Algunos de ellos, por el calado artístico de los protagonistas o por sus componentes jocosos (¿por qué no?), han pasado a formar parte del folklore popular rockero, y podrían ser el equivalente de una pelea de altos vuelos entre Tyson y Holyfield. La mayoría más bien recuerdan las típicas riñas entre pescaderas de barrio a besugazo limpio.

Ignoro si alguna vez Lou Reed, el canario metafísico, intentó agredir a Lester Bangs, aunque me juego el cuello a que ganas no le faltaron. Prototipo del periodista-kamikaze, Bangs no dudaba en iniciar las entrevistas con la pregunta más hiriente que le pasara por la cabeza, para pasmo e irritación del entrevistado. Bangs le echaba narices a la vida, escribía sobre rock’n’roll de forma apasionada y visceral, y no se cortaba un pelo en defenestrar a cualquiera que, a su entender, hubiera traicionado sus ideales. Sus entrevistas-combate con Reed son antológicas, y forman parte por derecho propio de la mítica popular rockera de los años 70. Desde su fallecimiento en 1982, el tótem de Brooklyn no ha vuelto a encontrar un oponente de su talla y talento. Saben, apuesto a que hasta lo echa de menos. A quien dudo que Nick Kent añore lo más mínimo es al mononeuronal Sid Vicious. Kent, el otro gran histórico de la prensa rock internacional (New Musical Express, Creem, Libé...), que incluso llegó a ser guitarrista de los Pistols durante dos semanas, recibió un malintencionado golpe en la cara con una cadena de bicicleta durante un encuentro casual en el Club 100. Las razones de Simon “Vicious” Ritchie para perpetrar un acto tan absurdo no están nada claras, aunque todo apunta a un patético intento por acaparar titulares, afianzando así su posición en el seno del grupo. “¡Le he atizado a Nick Kent!”, se ufanaría ante sus compañeros. Menuda hazaña. Sid, más hábil con la cadena que con el bajo, le arrearía meses más tarde a Todd Smith, hermano de Patti, en un club neoyorquino. Después ya no tuvo tiempo de emprenderla con nadie más.

Violentos, misóginos y pandilleros, The Stranglers ostentan el récord de haber secuestrado, atado y amordazado por tres veces, tres, a sendos periodistas por atreverse a criticar su música o su actitud. El primero fue Chas Walley, del NME. Tras una poco laudatoria reseña de No More Heroes, segundo álbum de los estranguladores, Chas fue interceptado a la salida de las oficinas, embutido en una alfombra, paseado a hombros por las calles y finalmente atado a un poste. La llegada de la policía evitó que el asunto pasara a mayores. En septiembre de 1979, otra periodista del NME, famosa por su militancia feminista, se enfrentaba en una entrevista con Cornwell, Burnel & Co. recriminándoles sus despectivos comentarios hacia las mujeres. Acabó atada y amordazada en un erial portugués, en pleno mediodía y bajo un sol de justicia. El tercero, y último por el momento, es el francés Antoine de Caunes, quien durante la grabación del elepé The Raven fue amarrado a media altura de la mismísima torre Eiffel. Según comentaba hace un par de años Jean Jacques Burnel, bajista del grupo y cinturón negro de aikido, Caunes aún se acuerda del episodio y tiene vetada in aeternum la aparición de Stranglers en la cadena televisiva en la que actualmente trabaja.

Uno que, por el momento, no está vetado en televisión alguna (bien lo agradecerían nuestras retinas) es el cejijunto hooligan Liam Gallaguer, firmante de varios cochambrosos, aunque exitosos, pastiches sub-beatlescos, y perpetuo acreedor de primeras planas merced de su vergonzoso comportamiento, más propio de un neanderthal que de un ente pensante. Peleas, vomitonas, insultos, calaveradas... De entre sus numerosas patochadas cabría destacar el espontáneo baño de pastosas croquetas con que obsequió a Santi Mayor durante una recepción. ¿Su pecado? Haber sugerido que Oasis no era otra cosa que un grupo de power pop. ¿Qué oculto resorte mental dispararía el pobre Santi con tan inocente comentario para acabar con unos canapés por encima? ¡Freud, ayuda! Los encuentros fortuitos y la duchas alimentarias parecen ser moneda común en las recepciones. En uno de estos comadreos la dulce Christina Rosenvinge regó con el contenido del vaso que llevaba en la mano a Luis Hidalgo, quien había tenido la temeridad de firmar una poco entusiasta crítica de uno de sus discos. Y es que no saben el tiento con el que hay que andar a la hora de hacer críticas. Que se lo digan a nuestra colaboradora Anna Ramos, quien durante una edición del festival Sónar recibió la sonora bofetada de uno de los componentes del dúo Silvania, en franco agradecimiento por sus ponderadas palabras. Con las piernas tan cortas que tienen sus discos y lo larga que tienen ellos la mano, vaya sorpresa.


Aquí es que no se salva nadie. Jaime Gonzalo, co-director de Ruta 66, se enfrentó en 1983 al cantante de los sufridos Décima Víctima, con resultado de empate: “él un salivazo en la cara y un capón en la cocorota, yo un vasazo en la nariz”. El mismo Jaime tuvo la santa paciencia de escuchar con flema imperturbable las consignas que el público de Brighton 64 coreaba contra su persona durante una actuación. Como en Fuenteovejuna, todos a una. ¿Aleccionamiento previo o un caso de inteligencia colectiva, como las hormigas? Fue precisamente en un concierto, en este caso de los raperos madrileños Club de los Poetas Violentos, donde el redactor de Mondo Sonoro David Broc pudo escuchar con estupefacción cómo el grupo gritaba con fervor “David Broc, hijo de puta”. ¿El motivo? Un artículo aparecido en el popular tabloide en que se hablaba en términos superlativos del disco debut de Sólo Los Solo. CPV, heridos en su hinchado ego, supuestas víctimas de agravio comparativo, la emprendieron con David, que para colmo no era el autor del texto de marras: lo había escrito su hermano, Óscar Broc. Un posterior intento de entrevista telefónica sólo sirvió para aumentar el embrollo. David, ¿querrías explicar a nuestros lectores lo que te dijo el Club?: ‘no hables mierda’, ‘periodistas de mierda’, ‘a mi no me toca los cojones un periodista’, ‘eres un mierda’, etc, etc., y amenazas del tipo ‘como te veamos en Barna te vas a enterar’, ‘ni se te ocurra venir a un concierto nuestro’, ‘tienes suerte que no viva en Barcelona’ y cosas más agradables que no vale la pena ni comentar”. Realmente poético.

Y es que acordarse de la santa madre del prójimo es un recurso muy habitual. El eterno colega Miguel Ríos, en una entrevista radiofónica, se acordaba sin venir a cuento de la de Santi Carrillo, director de Rockdelux. Santi tuvo asimismo que escuchar cómo cierto ¿rockero? madrileño, ex-rey del pollo frito, le espetaba histérico: “Si haces la crítica de mi disco te rompo las piernas”. Tut, tut, pequeño Ramón. ¿Qué clase de lingo es este? Con todo, el gran campeón de las agresiones, el auténtico número 1 (en tan reprobable disciplina, que no en ninguna otra) es un altivo y loco personaje peinado con tupé, con sede de operaciones en Barcelona [en la actualidad en San Sebastián -ndr], que sin previo aviso atacó brutalmente al rutero Ignacio Julià en el backstage de un concierto. Fue detenido por la Guardia Urbana. Se trata del mismo energúmeno que llegó al extremo de enviar una corona mortuoria a la redacción de Rockdelux (!) y el que, presumiblemente, atrapó por el cuello al mánager de Def Con Dos y le metió bajo una ducha del camerino. De amenazas verbales, las que quieran. Un recuento pormenorizado requeriría un monográfico completo; como el R&C no es El Caso, aquí lo dejamos. Que le zurzan.

Problemas de espacio me impiden continuar con la crónica negra. Se quedan en el tintero las tropelías protagonizadas por elementos como Jon Spencer, Motörhead, Henry Rollins, Agnostic Front, GWAR, Pennywise... y el resto de la arisca aristocracia pop española. Tal vez acaben desfilando, para su vergüenza y oprobio, en una secuela del presente artículo. No resta, pues, sino saludar a los colegas de profesión que, de una forma u otra, han contribuido a su redacción: Sergio Sancho, Santi Carrillo, David Broc, Lucía Flores, Ignacio Julià, Jaime Gonzalo, Alfred Crespo, Anna Ramos y Anki Toner. A todos ellos, muchas gracias.

Por Jesús Brotons. Artículo publicado originalmente en Rock & Clàssic