sábado, 2 de marzo de 2013

¡Segundos fuera!


“Escribir siempre es interesante. Nunca falta un alma caritativa que te dice ‘hijo de puta, te voy a matar’”. Manuel Trallero, columnista del diario La Vanguardia, expresaba de forma clara y concisa uno de los grandes incentivos de nuestro oficio, el enriquecedor intercambio de pareceres. Ahora bien, ¿qué ocurre cuando a cambio de opiniones recibes palos?

  
¡Los críticos! Caprichosos morlocks de piel lechosa que entran gratis a los conciertos, se acodan en la barra con suficiencia, adoptan aires de estudiada distancia y se permiten pontificar sobre lo humano y lo divino en virtud de su más que dudosa erudición. Epítomes de una justicia con venda opaca en los ojos, los críticos dirimen las bondades de algo tan volátil como es la música y sus circunstancias aplicando criterios tan arbitrarios, tan subjetivos y personales, como los que pueda tener cualquier hijo de vecino. Las opiniones son como los culos, decía Harry el Sucio. Todo el mundo tiene uno. El gran pecado del crítico es quedarse con el culo al aire haciendo públicas las suyas, exponerlas ante los demás y granjearse las iras de aquellos que no opinen como él. El crítico es sistemáticamente vapuleado, y el mismo sector que un día le da palmaditas en la espalda agradeciendo su buen juicio al siguiente lo defenestra por osar emitir un dictamen desfavorable.

Está bien. Forma parte de las reglas del juego periodístico. Cuando uno se arroga el derecho de juzgar el trabajo de los demás, es inevitable que en ocasiones sus veredictos displazcan a cierto número de gente, entre ellos los autores de la obra evaluada. Ahí entra el derecho a réplica. El crítico no es un oráculo, poseedor de una inefable verdad universal, inoxidable, brillante y diáfana. Es un simple ser humano, con su carga de miserias, contradicciones, incongruencias y caprichosos cambios de parecer; capaz también de intermitentes aciertos, puntuales muestras de lucidez, aseveraciones afortunadas y hasta chispazos de ingenio. Veleidoso y falible por naturaleza, puede y debe ser corregido, puntualizado e informado por aquellos que poseen datos más fiables o sencillamente no comparten su parecer. A esto lo llamaban los antiguos griegos “política” (nada que ver con lo que hoy nos venden como tal): el contraste de opiniones, la réplica bien argumentada, la pugna dialéctica por cauces pacíficos. Como consecuencia, la aceptación de las tesis opuestas o la reafirmación de las propias. Si las sociedades evolucionan, cosa que a veces me permito dudar, es gracias al diálogo y no a la imprecación. Intuyo que más de uno estará pensando que todo esto suena muy bonito y utópico, por no decir ingenuo, pero, ¿es extensible a lo que aquí nos interesa, el campo del rock?

¡Ay, amigos! En el maleado cosmos del rock y estilos adyacentes lo que por desgracia prima son los malos modales, los chantajes de todo tipo y la violencia soterrada. Las grandes compañías presionan sutilmente a los malditos criticuchos para que, a imagen de los muecines, pregonen desde su atalaya las verdades dictadas por el profeta; los lectores les dedican todo tipo de epítetos si se permiten dudar de la sacrosantas virtudes de sus idolatrados juntanotas; los juntanotas, primeros damnificados morales, no siempre reaccionan con el savoir faire que caracteriza a los caballeros. Las represalias suelen venir en forma de veto, al periodista o a la publicación, o de fatwas promulgadas entre sus fieles. Otras veces, por fortuna escasas, transmutan en vengador justiciero y deciden ajustarle por su propia mano las cuentas a su némesis particular. De estos nada cordiales (des)encuentros tratará el resto de este artículo, un breve paseo por el lado cutre, zafio y barriobajero de la vida. Algunos de ellos, por el calado artístico de los protagonistas o por sus componentes jocosos (¿por qué no?), han pasado a formar parte del folklore popular rockero, y podrían ser el equivalente de una pelea de altos vuelos entre Tyson y Holyfield. La mayoría más bien recuerdan las típicas riñas entre pescaderas de barrio a besugazo limpio.

Ignoro si alguna vez Lou Reed, el canario metafísico, intentó agredir a Lester Bangs, aunque me juego el cuello a que ganas no le faltaron. Prototipo del periodista-kamikaze, Bangs no dudaba en iniciar las entrevistas con la pregunta más hiriente que le pasara por la cabeza, para pasmo e irritación del entrevistado. Bangs le echaba narices a la vida, escribía sobre rock’n’roll de forma apasionada y visceral, y no se cortaba un pelo en defenestrar a cualquiera que, a su entender, hubiera traicionado sus ideales. Sus entrevistas-combate con Reed son antológicas, y forman parte por derecho propio de la mítica popular rockera de los años 70. Desde su fallecimiento en 1982, el tótem de Brooklyn no ha vuelto a encontrar un oponente de su talla y talento. Saben, apuesto a que hasta lo echa de menos. A quien dudo que Nick Kent añore lo más mínimo es al mononeuronal Sid Vicious. Kent, el otro gran histórico de la prensa rock internacional (New Musical Express, Creem, Libé...), que incluso llegó a ser guitarrista de los Pistols durante dos semanas, recibió un malintencionado golpe en la cara con una cadena de bicicleta durante un encuentro casual en el Club 100. Las razones de Simon “Vicious” Ritchie para perpetrar un acto tan absurdo no están nada claras, aunque todo apunta a un patético intento por acaparar titulares, afianzando así su posición en el seno del grupo. “¡Le he atizado a Nick Kent!”, se ufanaría ante sus compañeros. Menuda hazaña. Sid, más hábil con la cadena que con el bajo, le arrearía meses más tarde a Todd Smith, hermano de Patti, en un club neoyorquino. Después ya no tuvo tiempo de emprenderla con nadie más.

Violentos, misóginos y pandilleros, The Stranglers ostentan el récord de haber secuestrado, atado y amordazado por tres veces, tres, a sendos periodistas por atreverse a criticar su música o su actitud. El primero fue Chas Walley, del NME. Tras una poco laudatoria reseña de No More Heroes, segundo álbum de los estranguladores, Chas fue interceptado a la salida de las oficinas, embutido en una alfombra, paseado a hombros por las calles y finalmente atado a un poste. La llegada de la policía evitó que el asunto pasara a mayores. En septiembre de 1979, otra periodista del NME, famosa por su militancia feminista, se enfrentaba en una entrevista con Cornwell, Burnel & Co. recriminándoles sus despectivos comentarios hacia las mujeres. Acabó atada y amordazada en un erial portugués, en pleno mediodía y bajo un sol de justicia. El tercero, y último por el momento, es el francés Antoine de Caunes, quien durante la grabación del elepé The Raven fue amarrado a media altura de la mismísima torre Eiffel. Según comentaba hace un par de años Jean Jacques Burnel, bajista del grupo y cinturón negro de aikido, Caunes aún se acuerda del episodio y tiene vetada in aeternum la aparición de Stranglers en la cadena televisiva en la que actualmente trabaja.

Uno que, por el momento, no está vetado en televisión alguna (bien lo agradecerían nuestras retinas) es el cejijunto hooligan Liam Gallaguer, firmante de varios cochambrosos, aunque exitosos, pastiches sub-beatlescos, y perpetuo acreedor de primeras planas merced de su vergonzoso comportamiento, más propio de un neanderthal que de un ente pensante. Peleas, vomitonas, insultos, calaveradas... De entre sus numerosas patochadas cabría destacar el espontáneo baño de pastosas croquetas con que obsequió a Santi Mayor durante una recepción. ¿Su pecado? Haber sugerido que Oasis no era otra cosa que un grupo de power pop. ¿Qué oculto resorte mental dispararía el pobre Santi con tan inocente comentario para acabar con unos canapés por encima? ¡Freud, ayuda! Los encuentros fortuitos y la duchas alimentarias parecen ser moneda común en las recepciones. En uno de estos comadreos la dulce Christina Rosenvinge regó con el contenido del vaso que llevaba en la mano a Luis Hidalgo, quien había tenido la temeridad de firmar una poco entusiasta crítica de uno de sus discos. Y es que no saben el tiento con el que hay que andar a la hora de hacer críticas. Que se lo digan a nuestra colaboradora Anna Ramos, quien durante una edición del festival Sónar recibió la sonora bofetada de uno de los componentes del dúo Silvania, en franco agradecimiento por sus ponderadas palabras. Con las piernas tan cortas que tienen sus discos y lo larga que tienen ellos la mano, vaya sorpresa.


Aquí es que no se salva nadie. Jaime Gonzalo, co-director de Ruta 66, se enfrentó en 1983 al cantante de los sufridos Décima Víctima, con resultado de empate: “él un salivazo en la cara y un capón en la cocorota, yo un vasazo en la nariz”. El mismo Jaime tuvo la santa paciencia de escuchar con flema imperturbable las consignas que el público de Brighton 64 coreaba contra su persona durante una actuación. Como en Fuenteovejuna, todos a una. ¿Aleccionamiento previo o un caso de inteligencia colectiva, como las hormigas? Fue precisamente en un concierto, en este caso de los raperos madrileños Club de los Poetas Violentos, donde el redactor de Mondo Sonoro David Broc pudo escuchar con estupefacción cómo el grupo gritaba con fervor “David Broc, hijo de puta”. ¿El motivo? Un artículo aparecido en el popular tabloide en que se hablaba en términos superlativos del disco debut de Sólo Los Solo. CPV, heridos en su hinchado ego, supuestas víctimas de agravio comparativo, la emprendieron con David, que para colmo no era el autor del texto de marras: lo había escrito su hermano, Óscar Broc. Un posterior intento de entrevista telefónica sólo sirvió para aumentar el embrollo. David, ¿querrías explicar a nuestros lectores lo que te dijo el Club?: ‘no hables mierda’, ‘periodistas de mierda’, ‘a mi no me toca los cojones un periodista’, ‘eres un mierda’, etc, etc., y amenazas del tipo ‘como te veamos en Barna te vas a enterar’, ‘ni se te ocurra venir a un concierto nuestro’, ‘tienes suerte que no viva en Barcelona’ y cosas más agradables que no vale la pena ni comentar”. Realmente poético.

Y es que acordarse de la santa madre del prójimo es un recurso muy habitual. El eterno colega Miguel Ríos, en una entrevista radiofónica, se acordaba sin venir a cuento de la de Santi Carrillo, director de Rockdelux. Santi tuvo asimismo que escuchar cómo cierto ¿rockero? madrileño, ex-rey del pollo frito, le espetaba histérico: “Si haces la crítica de mi disco te rompo las piernas”. Tut, tut, pequeño Ramón. ¿Qué clase de lingo es este? Con todo, el gran campeón de las agresiones, el auténtico número 1 (en tan reprobable disciplina, que no en ninguna otra) es un altivo y loco personaje peinado con tupé, con sede de operaciones en Barcelona [en la actualidad en San Sebastián -ndr], que sin previo aviso atacó brutalmente al rutero Ignacio Julià en el backstage de un concierto. Fue detenido por la Guardia Urbana. Se trata del mismo energúmeno que llegó al extremo de enviar una corona mortuoria a la redacción de Rockdelux (!) y el que, presumiblemente, atrapó por el cuello al mánager de Def Con Dos y le metió bajo una ducha del camerino. De amenazas verbales, las que quieran. Un recuento pormenorizado requeriría un monográfico completo; como el R&C no es El Caso, aquí lo dejamos. Que le zurzan.

Problemas de espacio me impiden continuar con la crónica negra. Se quedan en el tintero las tropelías protagonizadas por elementos como Jon Spencer, Motörhead, Henry Rollins, Agnostic Front, GWAR, Pennywise... y el resto de la arisca aristocracia pop española. Tal vez acaben desfilando, para su vergüenza y oprobio, en una secuela del presente artículo. No resta, pues, sino saludar a los colegas de profesión que, de una forma u otra, han contribuido a su redacción: Sergio Sancho, Santi Carrillo, David Broc, Lucía Flores, Ignacio Julià, Jaime Gonzalo, Alfred Crespo, Anna Ramos y Anki Toner. A todos ellos, muchas gracias.

Por Jesús Brotons. Artículo publicado originalmente en Rock & Clàssic

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