“Escribir siempre es interesante. Nunca falta
un alma caritativa que te dice ‘hijo de puta, te voy a matar’”. Manuel Trallero, columnista del
diario La Vanguardia, expresaba de forma clara y concisa uno de los grandes
incentivos de nuestro oficio, el enriquecedor intercambio de pareceres. Ahora
bien, ¿qué ocurre cuando a cambio de opiniones recibes palos?
¡Los críticos! Caprichosos morlocks de piel
lechosa que entran gratis a los conciertos, se acodan en la barra con
suficiencia, adoptan aires de estudiada distancia y se permiten pontificar
sobre lo humano y lo divino en virtud de su más que dudosa erudición. Epítomes
de una justicia con venda opaca en los ojos, los críticos dirimen las bondades
de algo tan volátil como es la música y sus circunstancias aplicando criterios
tan arbitrarios, tan subjetivos y personales, como los que pueda tener
cualquier hijo de vecino. Las opiniones son como los culos, decía Harry el
Sucio. Todo el mundo tiene uno. El gran pecado del crítico es quedarse con el
culo al aire haciendo públicas las suyas, exponerlas ante los demás y
granjearse las iras de aquellos que no opinen como él. El crítico es
sistemáticamente vapuleado, y el mismo sector que un día le da palmaditas en la
espalda agradeciendo su buen juicio al siguiente lo defenestra por osar emitir
un dictamen desfavorable.
Está bien. Forma parte de las reglas del juego
periodístico. Cuando uno se arroga el derecho de juzgar el trabajo de los
demás, es inevitable que en ocasiones sus veredictos displazcan a cierto número
de gente, entre ellos los autores de la obra evaluada. Ahí entra el derecho a
réplica. El crítico no es un oráculo, poseedor de una inefable verdad
universal, inoxidable, brillante y diáfana. Es un simple ser humano, con su
carga de miserias, contradicciones, incongruencias y caprichosos cambios de
parecer; capaz también de intermitentes aciertos, puntuales muestras de
lucidez, aseveraciones afortunadas y hasta chispazos de ingenio. Veleidoso y
falible por naturaleza, puede y debe ser corregido, puntualizado e informado
por aquellos que poseen datos más fiables o sencillamente no comparten su
parecer. A esto lo llamaban los antiguos griegos “política” (nada que ver con
lo que hoy nos venden como tal): el contraste de opiniones, la réplica bien
argumentada, la pugna dialéctica por cauces pacíficos. Como consecuencia, la
aceptación de las tesis opuestas o la reafirmación de las propias. Si las
sociedades evolucionan, cosa que a veces me permito dudar, es gracias al
diálogo y no a la imprecación. Intuyo que más de uno estará pensando que todo
esto suena muy bonito y utópico, por no decir ingenuo, pero, ¿es extensible a
lo que aquí nos interesa, el campo del rock?
¡Ay, amigos! En el maleado cosmos del rock y
estilos adyacentes lo que por desgracia prima son los malos modales, los
chantajes de todo tipo y la violencia soterrada. Las grandes compañías
presionan sutilmente a los malditos criticuchos para que, a imagen de los
muecines, pregonen desde su atalaya las verdades dictadas por el profeta; los
lectores les dedican todo tipo de epítetos si se permiten dudar de la
sacrosantas virtudes de sus idolatrados juntanotas; los juntanotas, primeros
damnificados morales, no siempre reaccionan con el savoir faire que caracteriza a los caballeros. Las represalias
suelen venir en forma de veto, al periodista o a la publicación, o de fatwas promulgadas entre sus fieles.
Otras veces, por fortuna escasas, transmutan en vengador justiciero y deciden
ajustarle por su propia mano las cuentas a su némesis particular. De estos nada
cordiales (des)encuentros tratará el resto de este artículo, un breve paseo por
el lado cutre, zafio y barriobajero de la vida. Algunos de ellos, por el calado
artístico de los protagonistas o por sus componentes jocosos (¿por qué no?),
han pasado a formar parte del folklore popular rockero, y podrían ser el
equivalente de una pelea de altos vuelos entre Tyson y Holyfield. La mayoría
más bien recuerdan las típicas riñas entre pescaderas de barrio a besugazo
limpio.
Ignoro si alguna vez Lou Reed, el canario
metafísico, intentó agredir a Lester Bangs, aunque me juego el cuello a que
ganas no le faltaron. Prototipo del periodista-kamikaze, Bangs no dudaba en
iniciar las entrevistas con la pregunta más hiriente que le pasara por la
cabeza, para pasmo e irritación del entrevistado. Bangs le echaba narices a la
vida, escribía sobre rock’n’roll de forma apasionada y visceral, y no se
cortaba un pelo en defenestrar a cualquiera que, a su entender, hubiera
traicionado sus ideales. Sus entrevistas-combate con Reed son antológicas, y
forman parte por derecho propio de la mítica popular rockera de los años 70.
Desde su fallecimiento en 1982, el tótem de Brooklyn no ha vuelto a encontrar
un oponente de su talla y talento. Saben, apuesto a que hasta lo echa de menos.
A quien dudo que Nick Kent añore lo más mínimo es al mononeuronal Sid Vicious.
Kent, el otro gran histórico de la prensa rock internacional (New Musical
Express, Creem, Libé...), que incluso llegó a ser guitarrista de los Pistols
durante dos semanas, recibió un malintencionado golpe en la cara con una cadena
de bicicleta durante un encuentro casual en el Club 100. Las razones de Simon
“Vicious” Ritchie para perpetrar un acto tan absurdo no están nada claras,
aunque todo apunta a un patético intento por acaparar titulares, afianzando así
su posición en el seno del grupo. “¡Le he atizado a Nick Kent!”, se ufanaría
ante sus compañeros. Menuda hazaña. Sid, más hábil con la cadena que con el
bajo, le arrearía meses más tarde a Todd Smith, hermano de Patti, en un club
neoyorquino. Después ya no tuvo tiempo de emprenderla con nadie más.
Violentos, misóginos y pandilleros, The
Stranglers ostentan el récord de haber secuestrado, atado y amordazado por tres
veces, tres, a sendos periodistas por atreverse a criticar su música o su
actitud. El primero fue Chas Walley, del NME. Tras una poco laudatoria reseña
de No More Heroes, segundo álbum de los estranguladores, Chas fue
interceptado a la salida de las oficinas, embutido en una alfombra, paseado a
hombros por las calles y finalmente atado a un poste. La llegada de la policía
evitó que el asunto pasara a mayores. En septiembre de 1979, otra periodista
del NME, famosa por su militancia feminista, se enfrentaba en una entrevista
con Cornwell, Burnel & Co. recriminándoles sus despectivos comentarios
hacia las mujeres. Acabó atada y amordazada en un erial portugués, en pleno
mediodía y bajo un sol de justicia. El tercero, y último por el momento, es el
francés Antoine de Caunes, quien durante la grabación del elepé The Raven fue
amarrado a media altura de la mismísima torre Eiffel. Según comentaba hace un
par de años Jean Jacques Burnel, bajista del grupo y cinturón negro de aikido,
Caunes aún se acuerda del episodio y tiene vetada in aeternum la aparición de Stranglers en la cadena televisiva en
la que actualmente trabaja.
Uno que, por el momento, no está vetado en
televisión alguna (bien lo agradecerían nuestras retinas) es el cejijunto hooligan Liam Gallaguer, firmante de
varios cochambrosos, aunque exitosos, pastiches sub-beatlescos, y perpetuo
acreedor de primeras planas merced de su vergonzoso comportamiento, más propio
de un neanderthal que de un ente pensante. Peleas, vomitonas, insultos, calaveradas...
De entre sus numerosas patochadas cabría destacar el espontáneo baño de
pastosas croquetas con que obsequió a Santi Mayor durante una recepción. ¿Su
pecado? Haber sugerido que Oasis no era otra cosa que un grupo de power pop.
¿Qué oculto resorte mental dispararía el pobre Santi con tan inocente comentario
para acabar con unos canapés por encima? ¡Freud, ayuda! Los encuentros
fortuitos y la duchas alimentarias parecen ser moneda común en las recepciones.
En uno de estos comadreos la dulce Christina Rosenvinge regó con el contenido
del vaso que llevaba en la mano a Luis Hidalgo, quien había tenido la temeridad
de firmar una poco entusiasta crítica de uno de sus discos. Y es que no saben
el tiento con el que hay que andar a la hora de hacer críticas. Que se lo digan
a nuestra colaboradora Anna Ramos, quien durante una edición del festival Sónar
recibió la sonora bofetada de uno de los componentes del dúo Silvania, en
franco agradecimiento por sus ponderadas palabras. Con las piernas tan cortas
que tienen sus discos y lo larga que tienen ellos la mano, vaya sorpresa.
Aquí es que no se salva nadie. Jaime Gonzalo, co-director de Ruta 66, se enfrentó en 1983 al cantante de los sufridos Décima Víctima, con resultado de empate: “él un salivazo en la cara y un capón en la cocorota, yo un vasazo en la nariz”. El mismo Jaime tuvo la santa paciencia de escuchar con flema imperturbable las consignas que el público de Brighton 64 coreaba contra su persona durante una actuación. Como en Fuenteovejuna, todos a una. ¿Aleccionamiento previo o un caso de inteligencia colectiva, como las hormigas? Fue precisamente en un concierto, en este caso de los raperos madrileños Club de los Poetas Violentos, donde el redactor de Mondo Sonoro David Broc pudo escuchar con estupefacción cómo el grupo gritaba con fervor “David Broc, hijo de puta”. ¿El motivo? Un artículo aparecido en el popular tabloide en que se hablaba en términos superlativos del disco debut de Sólo Los Solo. CPV, heridos en su hinchado ego, supuestas víctimas de agravio comparativo, la emprendieron con David, que para colmo no era el autor del texto de marras: lo había escrito su hermano, Óscar Broc. Un posterior intento de entrevista telefónica sólo sirvió para aumentar el embrollo. David, ¿querrías explicar a nuestros lectores lo que te dijo el Club?: ‘no hables mierda’, ‘periodistas de mierda’, ‘a mi no me toca los cojones un periodista’, ‘eres un mierda’, etc, etc., y amenazas del tipo ‘como te veamos en Barna te vas a enterar’, ‘ni se te ocurra venir a un concierto nuestro’, ‘tienes suerte que no viva en Barcelona’ y cosas más agradables que no vale la pena ni comentar”. Realmente poético.
Aquí es que no se salva nadie. Jaime Gonzalo, co-director de Ruta 66, se enfrentó en 1983 al cantante de los sufridos Décima Víctima, con resultado de empate: “él un salivazo en la cara y un capón en la cocorota, yo un vasazo en la nariz”. El mismo Jaime tuvo la santa paciencia de escuchar con flema imperturbable las consignas que el público de Brighton 64 coreaba contra su persona durante una actuación. Como en Fuenteovejuna, todos a una. ¿Aleccionamiento previo o un caso de inteligencia colectiva, como las hormigas? Fue precisamente en un concierto, en este caso de los raperos madrileños Club de los Poetas Violentos, donde el redactor de Mondo Sonoro David Broc pudo escuchar con estupefacción cómo el grupo gritaba con fervor “David Broc, hijo de puta”. ¿El motivo? Un artículo aparecido en el popular tabloide en que se hablaba en términos superlativos del disco debut de Sólo Los Solo. CPV, heridos en su hinchado ego, supuestas víctimas de agravio comparativo, la emprendieron con David, que para colmo no era el autor del texto de marras: lo había escrito su hermano, Óscar Broc. Un posterior intento de entrevista telefónica sólo sirvió para aumentar el embrollo. David, ¿querrías explicar a nuestros lectores lo que te dijo el Club?: ‘no hables mierda’, ‘periodistas de mierda’, ‘a mi no me toca los cojones un periodista’, ‘eres un mierda’, etc, etc., y amenazas del tipo ‘como te veamos en Barna te vas a enterar’, ‘ni se te ocurra venir a un concierto nuestro’, ‘tienes suerte que no viva en Barcelona’ y cosas más agradables que no vale la pena ni comentar”. Realmente poético.
Y es que acordarse de la santa madre del
prójimo es un recurso muy habitual. El eterno colega Miguel Ríos, en una
entrevista radiofónica, se acordaba sin venir a cuento de la de Santi Carrillo,
director de Rockdelux. Santi tuvo asimismo que escuchar cómo cierto ¿rockero?
madrileño, ex-rey del pollo frito, le espetaba histérico: “Si haces la crítica de mi disco te rompo las piernas”. Tut, tut,
pequeño Ramón. ¿Qué clase de lingo es este? Con todo, el gran campeón de las
agresiones, el auténtico número 1 (en tan reprobable disciplina, que no en
ninguna otra) es un altivo y loco personaje peinado con tupé, con sede de
operaciones en Barcelona [en la actualidad en San Sebastián -ndr], que sin previo aviso atacó brutalmente al rutero
Ignacio Julià en el backstage de un
concierto. Fue detenido por la Guardia Urbana. Se trata del mismo energúmeno
que llegó al extremo de enviar una corona mortuoria a la redacción de Rockdelux
(!) y el que, presumiblemente, atrapó por el cuello al mánager de Def Con Dos y
le metió bajo una ducha del camerino. De amenazas verbales, las que quieran. Un
recuento pormenorizado requeriría un monográfico completo; como el R&C no
es El Caso, aquí lo dejamos. Que le zurzan.
Problemas de espacio me impiden continuar con
la crónica negra. Se quedan en el tintero las tropelías protagonizadas por
elementos como Jon Spencer, Motörhead, Henry Rollins, Agnostic Front, GWAR,
Pennywise... y el resto de la arisca aristocracia pop española. Tal vez acaben
desfilando, para su vergüenza y oprobio, en una secuela del presente artículo.
No resta, pues, sino saludar a los colegas de profesión que, de una forma u
otra, han contribuido a su redacción: Sergio Sancho, Santi Carrillo, David
Broc, Lucía Flores, Ignacio Julià, Jaime Gonzalo, Alfred Crespo, Anna Ramos y
Anki Toner. A todos ellos, muchas gracias.
Por Jesús Brotons. Artículo publicado originalmente en Rock & Clàssic

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